martes, 29 de septiembre de 2009
El dinosaurio.
Tristeza
Narración
Al amanecer, el domador de leones tenían los ojos completamente rojos. Era martes y no había dormido ni un segundo la noche pasada.
Escondido bajo las butacas del circo, pensaba en una forma de obtener perdón. La noche del lunes había destruido la alcancía comunal de los payasos; afeitado a la mujer barbuda mientras dormida; y para terminar con sus trabajos herculinos, había envenenado, con una dosis exagerada de somníferos, a cada uno de los leones que adiestraba.
Estaba arrepentido. Caminaba bajo el graderío cabizbajo, azotando de vez en cuando al piso. No pudo mas, salió corriendo para la Iglesia ( en primera instancia pensó usar el vehículo del hombre bala, pero el pantalón de payaso que había “tomado prestado” para llevar sus “ganancias” no era el más apropiado).
Minutos después entró a la Iglesia con ánimo arrebatado. Su apuro no le dejó percatarse que dentro se celebraba un Matrimonio. Tropezó con el niño que llevaba los anillos de los novios.
El impacto contra el suelo capturó la atención de toda la Iglesia. El domador, en el suelo, intentaba recoger todas las monedas que habían caído de su pantalón bombacho, se balanceaba como si estuviera nadando. Bah! No le importaba el silencio de misa que sometía al Matrimonio. Recogió una a una las monedas, y cuando estaba a punto de alcanzar la última, una bota desgastada se le interpuso.
Alzó los ojos con recelo, y al ver que los bigotes del dueño del circo se le acercaban lentamente, recordó que semanas antes el circo se alistaba (y se preocupaba) para la fiesta del año: para el matrimonio de la contorsionista estrella con el dueño del circo.
Se incorporó, y en paneo craneal divisó a todos los payasos disfrazados con esmoquin en las primeras filas, a los trapecistas con las piernas estiradas y a un espacio reservado con su nombre en el lado de la novia. Sonrió, bajo la cabeza y se sentó en el puesto que le correspondía.
Instrucciones para morderse las uñas.
Cuando uno está cansado de leer y releer un texto, y sabe que antes de pasar a otro deba de re-releer el primero, la mandíbula comienza a buscar en círculos un objeto que cumpla con los antojos momentáneos de los dientes. Ahí, la mano aparece desprotegida, despistada y la mandíbula concuerda con los ojos para llevar a cabo “el acto”.
La mano, ahora controlada por insistencia de los dientes, se debe contraer en puño débil, y los ojos , analizar los colores y tamaños para ordenar la mordida. Se debe ser precavido, y en un golpe de ausencia urbana, se debe empujar la boca hacia las uñas, la mano hacia los dientes para arrancar un diminuto pedazo con los incisivos.
Ahora bien, se puede seguir con uno de los dos pasos: llevar la partícula de uña hasta la punta de la lengua, y con contorsionismo molar escupirla a la distancia; o bien utilizar a la víctima para que recoja su propio cadáver.
El acto se repite una y otra vez, hasta que la ausencia de una enseñe una almohadilla muscular, o bien hasta que la presencia de un desconocido inhiba la mandíbula.
Caramelo
La envoltura, una lacito plástico multicolor, invadida de letras fosforescentes (amarillo y naranja) se comienza a desprender. Nace el caramelo. Un jabón naranja con perlas diminutas en los bordes. Un jabón diminuto, seco, con olor a esa nada que se llama plástico.
Pero cuando entra al paladar su estado cambia, parece que algún hechizo de la naturaleza lo transforma, como transmuta al fuego en cenizas. Se vuelve meloso, dulce y ese olor a plástico se atenúa por un olor de azúcar sintética.
Se lo escucha, al menos cuando empieza a adelgazar, y la garganta pide que se devuelva la saliva. Se rompe, se escucha un rastrillo deslizándose por las paredes de la boca. Desaparece y la envoltura queda distante, dejando de ser lazo para ser manta.
